miércoles, 6 de agosto de 2014

El subte infinito



            “Eso era lo que decía Sarah Bletchley mientras acunaba al bebé que tenía en brazos”; el chirrido de los frenos del vagón del subterráneo interrumpió la lectura de Mariela. Las luces se apagaron por completo y el pánico comenzó a apoderarse, primero, de una señora mayor y, luego, del resto de los pasajeros.
            Un joven levantó la vista de su iphone, pero de inmediato volvió a sumergirse en él al comprobar que aún tenía señal de internet. La luz volvía de a ratos, era tenue pero trajo alivio a los claustrofóbicos que aseguraban no sentir el oxígeno ingresando a sus pulmones.
            La formación del subte se detuvo por completo entre dos estaciones, provocando la caída de algunas mochilas y paquetes que estaban sobre el porta equipaje. La preocupación de los pasajeros crecía a medida que pasaban los minutos y no se tenían respuestas a la incertidumbre. El abogado que estaba parado delante de la puerta no dejaba de gritar llamando al motorman y diciendo que demandaría al Gobierno de la Ciudad por el mal servicio que brindaba ese transporte público. A pocos metros de él, un señor canoso, del que, más tarde se supo, que era consultor de una empresa, lo increpó acusándolo de oficialista. Casi terminan a los trompadas si no fuera por una nena, de unos ocho años de edad, que se asustó y comenzó a llorar más fuerte que los gritos de los hombres.
            El susto de algunos pasajeros y la impaciencia de otros generaron dos grupos, los que estaban junto a la puerta intentando abrirla con la ayuda de lapiceras, llaves o cualquier objeto que sirviera como palanca y los que se agolpaban en las ventanillas con la cabeza afuera intentando robar una bocanada de aire. El abogado intentaba abrir la puerta con sus manos, mientras que el consultor, con quien se había peleado antes, insistía en accionar la palanca de apertura manual que se encontraba en una caja metálica con frente de vidrio, cerrada con un gran candado imposible de romper. La luz débil se apagó por completo y se escuchó la voz del motorman por los altoparlantes anunciando que la situación se encontraba controlada y que en minutos se retomaría la marcha.
            La espera se hizo interminable, llevaban dos horas detenidos, y sin poder abrir las puertas. Los dos empleados del subte que viajan en el tren habían descendido y caminaban con sus linternas por las vías, al verlos pasar, los pasajeros preguntaban de forma brusca y, en algunos casos, amenazante qué ocurría, pero estos, respondían con gestos que todo estaba controlado y que se reestablecería el servicio rápidamente. Querían saber qué había ocurrido, pero como no existía respuesta oficial, las versiones paseaban de vagón en vagón. Las hipótesis eran muchas, los de adelante contaban que habían visto cómo la estación hacia donde se dirigían, se había derrumbado. Sin embargo, desde el último vagón aseguraban que unos cables ubicados sobre una de las paredes del túnel habían hecho un fogonazo cortando el suministro eléctrico. Lo cierto era que ni unos ni otros tenían certezas de lo ocurrido.
            Mariela permanecía sentada, ajena al alboroto y, con su tesis de biología que, estaba preparando, sobre su falda, cerró los ojos e inclinó la cabeza hacia atrás y recordó parte de su trabajo, intentaba memorizar cada detalle para abstraerse de los conflictos que estallaban sorpresivamente: “Las estrellas de mar son equinodermos formados por un disco central del cual parten cinco brazos. Se desplazan arrastrándose sobre rocas, viven enterradas en fondos arenosos, son predadores tope de las cadenas alimenticias marinas y se alimentan principalmente de invertebrados como crustáceos, moluscos y hasta otros equinodermos. Los asteroideos presentan un gran poder de regeneración. Pueden regenerar cualquier parte de los brazos o del disco”. Ella sonrió levemente al recordar lo que había ocurrido en México, por la ineptitud de las autoridades que por no resolver conflictos, generaron un desastre ecológico al intentar exterminar a las estrellas de mar que se estaban comiendo la barrera de corales. En lugar de consultar a biólogos expertos en equinodermos, el gobierno ordenó colocar una red que, al pasarla por donde estaban los asteroideos las cortarían, sin saber que ellas se regeneran, hecho que provocó la multiplicación de la especie.
            Los conflictos en el subte se multiplicaban, como las estrellas de mar de México, el único teléfono celular con señal era el del joven del iphone, que no tenía intenciones de prestarlo para poder comunicarse con el exterior y averiguar qué ocurría y si se estaban tomando medidas. Él había estado conectado con los auriculares escuchando música y no prestaba atención a lo que la gente decía o hacía. El abogado intentó, en vano arrebatárselo. Se comentaba que había ocurrido un atentado en la estación Callao y las teorías conspiratorias cundieron entre los grupos y subgrupos que se habían formado. En el extremo opuesto del vagón comenzó a llorar un bebé, no se sabía bien si era por hambre o por miedo, pero la joven madre no lograba calmarlo. El sonido del llanto era ensordecedor y el consultor sugirió que debían tomarse medidas organizativas para afrontar la situación que parecía no encontrar solución. Ya no se veía a los empleados del subte y las ventanillas no estaban lo suficientemente abiertas como para que pasase una persona. El calor se hacía insoportable, algunos sintieron hambre pero sobre todo sed. Las personas mayores mostraban síntomas de abatimiento y una señora se desvaneció, se buscó en otros vagones un médico y después de unos minutos se acercó un enfermero y un kinesiólogo que asistieron a la señora. El consultor insistía en la necesidad de buscar bebidas, algunos estaban de acuerdo y otros, no tanto.
            En el siguiente vagón se habían puesto de acuerdo para nombrar un encargado para administrar bebidas y algo de alimentos, estaban quienes tenían unos alfajores y unas madres llevaban en la cartera galletitas, que cedieron para que todos pudieran comer algo hasta resolver la situación. El abogado trajo la noticia de que en otros vagones,  estaban organizados y que, creía conveniente hacer lo mismo. Un grupo de jóvenes, vestidos con ropa deportiva demasiado grande y zapatillas de colores vibrantes, se burlaron, ellos escuchaban música de cumbia a todo volumen y con una actitud un tanto prepotente lograron tener asientos libres solo para su comodidad.
            De madrugada y cuando el cansancio fue abrumador, los hombres improvisaron almohadas con sus abrigos y se sentaron en el piso. Las provisiones de agua estaba acabándose, a los niños y a los mayores les otorgaban una tapita cada media hora, los adultos restantes se conformaban con mojarse los labios para mantenerse hidratados.
            También habían organizado horarios de guardia para estar atentos a cualquier novedad o incidente. El consultor y abogado se miraron y ambos comprendían la situación, si no se solucionaba a primera hora de la mañana las provisiones se terminarían y los conflictos serían aun peor. Las mujeres se habían quedado dormidas y los jóvenes del fondo del vagón por fin habían agotado la batería de los celulares y ya no se escuchaba su música.
            La mañana lo tomó por sorpresa cuando se escucharon gritos desde el primer vagón, se despertaron sobresaltados, parecía que traían buenas noticias, y la alegría duró poco pero al menos el portador de la noticia logró engañarlos y llevarse de regalo unas galletitas, que luego provocó la indignación de la mayoría en el vagón. Al portador del iphone lo miraban con recelo, él aún tenía señal y batería, los jóvenes estaban intentando arrebatárselo pero se había formado un cordón entre ellos y el joven, aunque después de un rato y ante la indiferencia del muchacho, comenzaron a dividirse las opiniones y el cordón fue cediendo hasta que quedó totalmente desprotegido y al alcance de las manos del grupo de jóvenes. Éstos, con un rápido movimiento de manos, se lo quitaron en un segundo, los auriculares se desprendieron y quedaron tirados en el piso, la música sonó fuerte y los jóvenes rieron y gritaron por la victoria. El muchacho los miraba con desprecio pero no intentó quejarse, quedaba poca batería y en cuanto no pudieran utilizarlo lo dejarían y él podría recuperar su teléfono, todavía podía escuchar la canción que sonaba: “Soy una fábrica de humo,
mano de obra campesina para tu consumo, frente de frío en el medio del verano, el amor en los tiempo de cólera, mi hermano.” El iphone funcionó más de lo que pensaba su dueño, pero el problema, se trasladó a los jóvenes que se lo habían quitado porque todos deseaban usarlo para hacer llamadas, pero tanto el abogado como el resto de los pasajeros que habían intentado usarlo, se arrepentían de no habérselo quitado al dueño verdadero.
            De pronto el subte se movió bruscamente y las luces se encendieron por completo, un suspiro de alivio inundó el lugar, aunque la esperanza se diluyó al instante porque volvió la oscuridad y la marcha se detuvo también. Los llantos de los niños retumbaban en las ventanillas y se unían a los del resto que provenían de los otros vagones. Las mujeres mayores se sentían devastadas por el cansancio, la falta de agua y la mala postura en la que estaban sentadas. Algunos hombres, dominados por la ira, comenzaron a reunirse en un extremo del vagón y, dispuestos a abrir las puertas de cualquier manera, comenzaron a encaminarse hacia el primer vagón, voltearon la puerta que comunicaba al siguiente coche, que en la noche se había bloqueado por miedo a los saqueos y, continuaron su marcha enfrentándose a los líderes de cada lugar para tratar de convencerlos de que se unieran a ellos hasta llegar al primer vagón y de esa manera abrir la puerta que permitía el acceso a la cabina del conductor donde estaba la única puerta que se abría desde adentro. Tardaron tres horas en llegar al comienzo de la formación, en cada vagón debían enfrentar los gritos y golpes de los pasajeros que resistían el ingreso porque creían que se trataba de un alboroto para robarles la poca comida y bebida que tenían.
Cuando lograron derribar la última puerta, el subte comenzó a moverse, primero, lentamente, aunque la velocidad iba aumentando. Nadie conducía el tren y el desconcierto fue aún mayor cuando pasaron por la estación y el tren continuó la marcha, todo estaba en total oscuridad, pero el tren avanzaba y avanzaba en marcha continua, ingresaba en el andén de una estación pero solo encontraban soledad y silencio y pasaba por delante de ella sin apenas detenerse, ingresaba nuevamente en el túnel que conectaba las estaciones y seguía avanzando; inerte por las vías, avanzaba.

miércoles, 14 de mayo de 2014

Dramática Gramática

Con el avance de la tecnología y la llegada de las redes sociales, el idioma se puso de cabeza. Los nuevos formatos digitales cambian de manera amenazante la forma de escribir, pero yo insisto en la importancia de conservar las formas y sobre todo los signos de puntuación, tan mal usados en las últimas décadas. ¿Ya no se enseñan en el colegio?, me contaron que, incluso, ha cambiado la manera de enseñar a sumar, ya no podemos decir el famoso "me llevo uno" en las cuentas, ahora se descompone el número que estamos sumando, pero esto no es grave si al final de la cuenta llegamos a la suma correcta. No ocurre lo mismo con los signos de puntuación, ya lo demostró Julio Cortázar "La coma, esa puerta giratoria del pensamiento."
Hagan el intento de colocar una coma en el siguiente texto:
"Si el hombre supiera realmente el valor que tiene la mujer andaría en cuatro patas en su búsqueda".

Si sos mujer, colocarías la coma después de la palabra mujer.
Si sos hombre, colocarías la coma después de la palabra tiene.

El resultado es sorprendente.

martes, 22 de abril de 2014

Calcáneo y Caponi



            Aunque Calcáneo era el socio de Caponi, el que decidía los casos que se tomaban en el estudio era mi jefe, el doctor Alfredo Caponi.
        Martín Calcáneo era alto y flaco, siempre llevaba un traje azul oscuro, camisa blanca y sobrias corbatas. Sus grandes anteojos de marco metálico le daban un aspecto nerd, fácilmente se lo podía confundir con Bill Gates. Era imposible descubrir que ese hombrecito largo y desgarbado, de sutiles modales, fuera un apasionado por la música tropical. Cuando el último empleado se iba del estudio, él activaba los parlantes de su ipod y su oficina se convertía en Pasión de Sábado.
          Alfredo Caponi, también era alto pero robusto, de joven había sido rugbier y aun conservaba un buen estado físico. Sus trajes eran un viaje hacia la colorimetría, osado para un buffet de abogados reconocidos, pero a él poco le importaba lo que sus colegas opinaban. Era un admirador de la música clásica, asiduo visitante del Teatro Colón.
            Ambos se tomaban las vacaciones en meses diferentes, yo coincidía con Caponi, porque era mi jefe directo, aunque lo ayudaba con algunos temas secundarios a Calcáneo porque él nunca quiso tener secretaria, pero justamente, aquel verano Calcáneo y Caponi coincidieron en la última semana de enero, porque había un evento náutico al que Martín asistiría. Cuando regresamos al trabajo, el estudio estaba revolucionado, los dos abogados que habían quedado a cargo, tuvieron que enfrentar la  causa de un cliente de Alfredo, de lo mas curiosa y disparatada. Se encontraron con un caso de difícil encuadre, no había jurisprudencia y sería muy complicado convencer a un juez de semejante situación.
            Caponi no daba crédito al relato de sus dos empleados, como él siempre les hacía bromas pensó que esta vez se la estaban jugando a él. Una vez, cuando uno de ellos era aun estudiante de derecho, le hizo llamar a un número de teléfono y pedir por el señor León, luego de insistir en aquel teléfono, la recepcionista enojada con el pobre pasante le dijo que estaba hablando con el zoológico. En otra oportunidad, Caponi le dijo que fuera a comprar sobres redondos para circulares. Yo tampoco me libré de sus bromas, el primer año me hizo organizar la cena de fin de año y me dio un teléfono para reservar mesas en Champú, me la pasé media hora hablando con una persona que no entendía lo que le pedía. Hasta Calcáneo sufría sus andanzas, un año tuvimos que hacernos un estudio de sangre porque un empleado había contraído tuberculosis en sus vacaciones, como Martín le tenía pánico a las agujas, después de que se hiciera los estudios, hizo llamar a un amigo para que le dijera que su estudio había dado positivo y debían seguir haciéndoles pruebas. Éstas son algunas de las bromitas que el doctor Caponi nos hacía a todos en el estudio, por eso esta vez no le creía. Al volver a la mesa de trabajo, Alfredo llamó a su cliente para descubrir si era cierto el caso de la “vaca violada”.
            Las risas se escuchaban desde el otro lado de la oficina y todos se congregaron en su escritorio para escuchar la causa. Era lo contrario lo que sucedía: siempre demandaban a sus clientes, pero esta vez, había que demandar a otro. El cliente era un estanciero de Corral de Bustos, que tenía grandes hectáreas de campo, tambo, criadero de pollo, producción de soja. Pero esto había ocurrido en el pequeño campo de una hectárea de su hijo menor, que estaba comenzando con el negocio familiar obligado por su padre. A todos sus hijos le regaló una hectárea, una vaca, apenas tres gallinas y cinco pollos, así era como él había comenzado a hacer su fortuna y así quería que sus hijos hicieran la suya, al fin de cuentas cuando él no estuviese, todo su imperio quedaría para ellos.
            El caso fue que en el campo del vecino había un toro y se pasó por un sector del alambrado que estaba abierto al de su hijo, violando a la única vaca que había. Éste quería demandarlo porque a partir de ese hecho, la vaca no se dejaba ordeñar, ya no salía a pastar y había perdido peso. Caponi intentaba hacerle entender que era imposible  ganar una demanda tan descabellada. No había antecedentes de animales violados, pero como todo hombre de campo era más terco que una mula, así en el estudio nos pusimos a buscar cualquier pista que nos ayudase a resolver el caso. Descubrimos un caso similar en la gaditana localidad de San Roque, donde demandaban a la municipalidad porque un burro acosó sexualmente a una vaca y ésta murió al caer por un barranco tratando de escapar de su acosador.
            La disponibilidad de los antecedentes para resolver este caso era nula. Nuestro cliente quería llevarlo a juicio y Caponi, de solo pensar que debía exponer su reputación por una vaca violada, le hacía perder el buen humor y la paciencia. No quería seguir adelante con esta ridícula causa, así que llamó al propietario del toro y le explicó la situación, pero aquel por poco se le rió en la cara. No teníamos nada con qué presionarlo, todos sabíamos que si el dueño de la finca vecina no reconocía el hecho, era difícil sacarle una indemnización y menos sin ningún instrumento jurídico. Como ninguno quería ceder su postura, Alfredo usó sus métodos más oscuros. Contrató a una agencia de detectives para que hurgasen en los secretos ocultos del vecino, algo, seguramente, encontrarían. Claramente no podíamos ir a juicio, ¿cómo haríamos la reconstrucción del hecho? ¿A quién sentaríamos en el banquillo del acusado?, ¿al toro?, ¿Cómo tomaríamos juramente a una vaca?, ¿y los testigos?, ¿llamaríamos a declarar a los pollos?
            A las dos semanas de investigación, el detective nos trajo noticias. Había conseguidos fotos, videos, y una factura de un hotel alojamiento donde habían estado juntos el dueño del toro y el hijo del cliente del estudio.
            - Esto no me podía caer en mejor momento, comentó Caponi.
            Citamos a nuestro cliente al estudio a la mañana, y a la tarde al dueño del toro. Ambos quedaron perplejos con la noticia, nuestro cliente más. Ofrecieron una suma de dinero a Caponi para quedarse con el material que los involucraba y dar por finalizada la gestión. El estudio aceptó, lo que ellos no sabían era que Alfredo les había mostrado a ambos las evidencias y había sacado una suma importante de dinero que destinó a renovar los equipos electrónicos del estudio, el mobiliario de la oficina y nos invitó a almorzar en un lujoso restaurante de la zona.

miércoles, 22 de mayo de 2013

Cuento: "La intriga"

    Después de atender la misa de las doce horas, el padre Federico pasó por la secretaría de la iglesia para verificar si se habían anotado más bautismos para el próximo sábado y también, para retirar las donaciones que la gente había hecho durante la misa. Luego le indicó a María que cerrara y se marchara hasta la tarde. Ella aprovechó para llamar a su marido e invitarlo a almorzar ya que ese día era el aniversario de casamiento y él ni se había acordado, cumplían cuarenta y cinco años de casados y el sábado festejarían esa fecha, con las hijas, los nietos y otros familiares. Aunque a su marido, José, nunca le habían gustado las reuniones y mucho menos desde que habían perdido a su único hijo varón hacía ya algunos años. María insistió tanto para ir a almorzar que, finalmente, él accedió y se encontraron en una parrilla cercana a la inglesia donde ella trabajaba y había encontrado un refugio para su dolor.
    La mesa de al lado fue ocupada por una mujer joven, que María reconoció al verla entrar, era una mujer sumamente atractiva, con rasgos difíciles de olvidar porque llevaba una cabellera muy corta, negra y tenía ojos muy grandes, del color del cielo, celeste y bien transparentes, era alta y muy flaca, sus finas manos, ostentaban un anillo de oro con una piedra de zafiro, casi agresiva por el tamaño que tenía. María no podía quitarle los ojos de encima a esa misteriosa mujer, José se dio cuenta y protestó por la indiscreción con que la miraba. Ella le decía a su esposo que la conocía de la iglesia, que la mujer iba una vez al mes y entregaba una suma de dinero más que generosa, encendía una vela y salía por la puerta lateral que une el acceso del altar con el atrio. Nadie en el barrio la conocía. Ella bajaba de un elegante y llamativo coche que luego de dejarla en la puerta se marchaba a esperarla por la salida lateral. El padre Federico tampoco la conocía pero nunca se había animado a hablarle. Su figura era imponente y debido a la suma generosa que ella donaba a la iglesia, el padre no deseaba importunarla.
    La ensalada resultó más liviana de lo que María pensaba. Ella se cuidaba como cuando era adolescente, hasta se había anotado en un grupo de autoayuda para descender de peso. La pérdida de su hijo le cambió el carácter y quedó devastada por la repentina muerte de Manuel, su hijo varón, cuando trabajaba como custodia privado. María no logró salir a la calle por años, incluso, los médicos debían tratarla en su domicilio. Recién con el nacimiento del segundo nieto, -que fue varón y llamaron Manuel, para recordar la memoria de su hijo-, logró salir de su casa, pero siempre acompañada. Parecía que el destino quería devolverles una gratificación, ese nieto fue una luz de esperanza para María, una pequeña alegría para su corazón entristecido. Muchas fueron las peleas con sus hijas, la mayor, madre del pequeño, le reprochaba a su madre la falta de cariño que tenía con ellas, le decía que por la depresión en que se había sumergido parecía que el único que le importase fuese ese hijo perdido.
    Cuando el nieto de María cumplió cinco años, él mismo le preguntó a su abuela por qué nunca había ido a su cumpleaños. Ella creía ver en su nieto al hijo fallecido, y a partir de ese momento, su vida dio un giro y decidió buscar la verdad acerca de la absurda muerte de Manuel, que para ella había sido un asesinato. No solo se amigó con la religión, sino que se amparó en la fe cristiana para buscar justicia.
    El dueño de la empresa de seguridad donde trabajaba Manuel, era un militar retirado, cubrió o encubrió todas las pruebas acerca de la emboscada que habían sufrido la noche en que su hijo se encontraba custodiando a un cliente. Su hijo hablaba poco de su trabajo, decía que era mejor que no supiesen demasiado de sus actividades. María odiaba ese trabajo, pero él ganaba mucho dinero y no tenía ninguna intención de dejarlo, hasta que el trabajo lo dejase a él, era lo que le decía siempre a su madre.
    Cuando les trajeron la comida, José hacía un buen rato que había dejado de escuchar a su esposa, poco le interesaba la dama sentada a su lado, él leía las noticias policiales de un diario que había encontrado en una mesa libre. María creía que era la única oportunidad para entablar conversación con la señorita acertijo, pero como si supiese lo que María estaba a punto de hacer, ella se levantó y se marchó sin probar bocado. Se alejó tan rápido como pudo y María se quedó con la angustia de hacer perdido nuevamente a un ser querido. Esa mujer le intrigaba cada vez más y se prometió que si volvía por la iglesia no la dejaría escapar, al menos deseaba saber cuál era el motivo de su visita periódica.
    El almuerzo transcurrió de manera tan monótona como el vaivén del péndulo de un reloj. José había puesto su vida en pausa, solo le interesaban las noticias policiales y sus rosales. María, en cambio, cuando decidió sacar esa pausa de su vida, equivocó el botón y avanzaba más rápido, como queriendo recuperar tiempos detenidos.
    Pasado un largo período, sin saber bien cuánto, María vio desde la ventana de la secretaría, detenerse el auto que trasladaba a la dama generosa. Ella cerró la oficina y se escondió cerca de una columna, la mujer ingresó, dejó un sobre en la urna de las donaciones y comenzó a caminar hacía la columna. Cuando llegó hasta ahí, María salió por detrás y se quedó mirándola fijamente a los ojos. La asustó y ella intentó marcharse, pero María le cerró el paso y le preguntó el nombre. La mujer bajó la vista e intentó abrirse paso por entre los bancos de la iglesia, pero María insistió:
-Hija mía, solo deseo saber el nombre de la persona que, desinteresadamente, nos regala su dinero.
-Me llamo Alejandra, respondió en voz baja la delgada mujer.
-¿Y por qué nos donas tu dinero?
-Es mejor que no sepa demasiado, contestó y luego se marchó.
    A María le inundó el corazón el recuerdo de su hijo. Esa noche no pudo dormir, se había obsesionado con la mujer, más y más deseaba averiguar quién era. Ella se evaporaba de la faz de la tierra durante un mes. Mientras tanto María llegaba cada día a su casa consumida por la duda. A José poco le importaba el paradero de esa mujer, lo único que había notado que la obsesión por descubrir quien era ella, hizo que se olvide de investigar la verdad acerca de la muerte de Manuel.
    Los días pasaban para María y la espera estaba enfermándola, las hijas comenzaron a preocuparse por el estado psíquico de su madre, atribuyeron que la pena aun no estaba superada y que la estaba enloqueciendo, consultaron a varios psiquiatras y todos diagnosticaban una profunda depresión encubierta, la medicaron en exceso para intentar rebajar su ansiedad, pero la frustración que ella sentía al no ser escuchada, al ser ignorada por sus planteos e inquietudes, como si a nadie más le importaría la muerte de su hijo, la consumía.
    Al mes siguiente logró encontrarse con la mujer de las donaciones y la interceptó en el mismo lugar. La tomó del brazo y le suplicó que le dijera cuál era el motivo de sus misteriosas visitas. María se encontraba con la negativa a contestar por parte de esa mujer, tropezaba con el enloquecedor silencio. Le rogó una vez más, le aseguró su discreción, pero la mujer volvió a repetir las mismas palabras de la última vez:
-Es mejor que no sepa demasiado.
-Yo he perdido a mi hijo por no saber demasiado.
-Y es mejor que siga sin saber. La respuesta de la mujer paralizó a María. La vio marcharse sin poder decir nada, las palabras le retumbaban en la cabeza, María comenzaba a empeorar, la depresión la acechaba cada día, sus fuerzas se debilitaron, ella sabía en su interior que esa mujer guardaba un secreto muy grande, pero nadie atendía sus reclamos, ni sus hijas, que la trataban como si hubiese perdido la razón, ni José, que seguía ocupado en sus rosales, ni el padre Federico, que solo hablaba en nombre de la fe.
    La mujer, decidió abandonar sus visitas mensuales, era demasiado peligroso, María podía descubrir la verdad. Ella había sido la causa de la muerte de Manuel, el hombre al que aun hoy, seguía amando. Manuel fue su guardaespalda y amante hasta que los delataron y su esposo, el retirado Teniente General Ortega, dueño de la empresa de seguridad para la que Manuel trabajaba.

jueves, 9 de mayo de 2013

Cuento: Celos

    Fernando manejaba el camión de repartos de la fábrica de plásticos de su padre. No era dueño de un atractivo que dejase boquiabiertas a las mujeres pero era simpático y muy seductor, nada tenía que ver con Ángela, ocho años mayor que él, regordeta y con una cara difícil de calificar. La nariz, (un capítulo especial), tenía la punta hacia abajo, levemente torcida y lo más impresionante era la verruga instalada en uno de los laterales. Su piel, no denotaba salud y la rosácea en sus mejillas hacía que siempre luciese como una mamushka. Ángela no poseía ningún atractivo físico, pero eso no hubiese sido importante, si hubiera tenido alguna gracia que la iluminase, era antipática y  muchos opinaban que era producto de la timidez, era soberbia (quizá para tapar un complejo de inferioridad) y de un carácter poco amigable, acá no había justificación que la ayudase. En la familia de Fernando aún no sabían cuál era el atributo con que logró enamorarlo.
    Se conocieron una noche de carnaval, en la ventosa Necochea, mientras Ángela atendía la pizzería familiar. Él intentaba reconstruir su vida amorosa, luego de largos años de un turbulento noviazgo con una atractiva bailarina flamenca donde el engaño fue el principal actor en la historia.
    Fernando y Ángela llevaban conviviendo un año, ella dejó la pizzería para radicarse en Pilar, junto a Fernando. No había trabajado más desde entonces. Hacía algunos arreglos de ropa para los conocidos de la familia. Él le había dejado bien en claro que no quería que trabajase fuera de su casa. En realidad, tampoco tenía vida social, no había sido una imposición, pero su carácter, tampoco ayudaba a relacionarse con nadie que no fuera del círculo intimo, ni siquiera se compraba ropa sin la supervisión de Fernando, del guardarropas se excluyeron los jeans y las minifaldas, que ella tan orgullosa y lamentablemente llevaba en Necochea. Claramente Fernando estaba convencido de haberse enamorado de Jennifer Aniston, según él, no sentía celos, sentía desconfianza de los otros hombres, inseguirdad, miedo, engaño, paranoia, veía sombras donde existían luces.
    Una soleada tarde de domingo, mientras estaban reunidos en la quinta familiar, anunciaron los planes de casamiento. El entorno de Fernando ayudaría en toda la organización, obviamente, excepto en el vestido de novia. Ella se ocuparía personalmente del tema.
    En su dormitorio tenía una silla colmada de revistas de novia y una agenda que guardaba en su valija que estaba encima del ropero. Comenzó a salir sola a los negocios de telas y a visitar modistas. Las peleas no se hicieron esperar, rápidamente formaron parte de la cena. Fernando quería que la madre o alguna de las dos hermanas la acompañasen a hacer sus compras. Ante la firme negativa de Ángela, y alentado por su familia, Fernando comenzó a seguirla, a veces con sombrero y piloto, otras, con buzo deportivo y capucha. La rutina era casi siempre la misma, llegaba a la estación de tren, entraba en el locutorio, hablaba unos veinte minutos por teléfono, caminaba por el centro, entraba a una casa particular donde la atendía una mujer mayor, recorría mercerías y se volvía al tren. Pero, ¿Por qué usar un teléfono público si ella tenía celular? Fernando decidió no decirle nada y seguir con su vocación de detective. Contó con la ayuda de su hermana mayor para turnarse en la descabellada idea de seguir a Ángela hasta tener una prueba fehaciente de su engaño.
    Una tarde de espionaje, mientras Fernando miraba desde la vereda de enfrente del locutorio, se encontró con su ex novia, él, nervioso por ser descubierto por Ángela, se fue del lugar rápidamente con la ex. Ese seria su plan, vengarse de las dos mujeres que lo habían hecho infeliz en el amor. Quedaron en encontrase a la semana siguiente, ella parecía dispuesta a vovler a empezar la relación, se le notaba en los ojos. Almorzaron juntos y luego pasaron la parte en un hotel alojamiento, casi cuando se estaban yendo, él le confesó que se casaría en unas semanas y la dejó ir. Luego, volviendo al centro, vio caminar del brazo de un alto, rubio y muy agraciado hombre a su novia Ángela, los siguió hasta la cafetería, él se sentó lejos para que no lo viesen y entonces escribió un mail a Ángela contándole su encuentro con la ex novia y confesándole que lo habia hecho porque sabía que ella lo engañaba. Al rato, mientras terminaba su gaseosa, vio que Ángela y el apuesto hombre se levantaban y se marchaban, ella al verlo se sorprendió y con alegría le dijo:
-¡Qué suerte que te encuentro!, quiero presentarte a mi hermano que vino del exterior.

miércoles, 27 de febrero de 2013

La Celebración

Ese sábado era el día que se celebraba, en el Colegio Nacional Buenos Aires, las Bodas de Oro de ex alumnos. Esa celebración tenía una particular característica: era la primera promoción que incorporó, en 1959, mujeres a la institución.
Fueron llegando al lugar uno a uno y, a medida que lo hacían, trataban de reconocerse en aquellos rostros erosionados por el tiempo.
La celebración comenzaba con las palabras del rector y luego iban llamando al estrado a cada uno de los agasajados para entregarles una medalla recordatoria y para que compartieran su experiencia de vida. Orgullosos de sus trayectorias laborales iban subiendo y hablando.
Alejandro, de sesenta y ocho años, un reconocido abogado criminalista, contó su participación en los casos más recordados de la historia del crimen argentino.
Alfredo, también de sesenta y ocho años, era un médico endocrinólogo dedicado a la investigación.
Roberto, economista, fue senador nacional, ya retirado de la vida política, estaba avocado completamente a su consultora.
Miguel, era corporativo, habló hasta el cansancio de sus posesiones, de los viajes, de su empresa en la que trabajaba.
Antonia, había sido jueza federal.
Carmen llegó a tener el título de Rectora en el Colegio donde habían estudiado.
Y así fue transcurriendo la noche, al costado de una mesa, se encontraba, mirando a sus ex compañeros, María, que siempre fue muy callada, el mejor promedio, de familia tradicional y conservadora, sus padres y profesores habían puesto muchas expectativas en ella. Cuando la llamaron para recibir su medalla y para que compartiera su experiencia de vida, comenzó diciendo:
Bueno, yo puedo contarles, como todos han hecho, un montón de cosas, pero lo primero que voy a decirles es que soy felíz con la vida que he llevado, curiosamente no se lo he escuchado mencionar a ninguno de mis ex compañeros. He hecho lo imposible para que tuviese sentido mi paso por este mundo, que ha sido intensamente gratificante. He llegado hasta acá, con sesenta y ocho años, con la certeza de haber vivido y de haber sido consciente de ello. Tengo un cuerpo que alberga las heridas de las adversidades por las que atravesé y dolorido por la vejez, pero feliz, porque mi cuerpo desgastado me dice que lo he usado. Alguna arruga por acá y otra por allá porque dormí bajo miles de cielos soleados.
Ahora, si ustedes quieren saber a que me he dedicado laboralmente y cuales fueron mis logros, les diré entonces que he dedicado mi vida a una empresa familiar fundada hace cincuenta años con un socio. Mi compañero de travesía fue siempre el capitalista mayoritario, en cambio yo he administrado las finanzas, al principio escasas porque contábamos con pocos recursos, pero con esfuerzo y dedicación logramos incrementar el patrimonio. Aumenté la plantilla interna de la empresa en un ciento cincuenta por ciento, me ocupé de la capacitación del personal que se incorporaba, a lo largo de veinticinco años, organicé el traslado de la sede central dos veces, a lugares más grandes, estuve a cargo de la reingeniería de la empresa cuando debíamos ajustarnos, logrando de esa manera, mejoras en los costos considerablemente.
A medida que María contaba, se iba produciendo un silencio profundo, logró captar la atención de todos los presentes que no se dispersaba, lo que ella decía era muy interesante para los profesionales corporativos que habían dado una charla acerca de sus ricas vidas empobrecidas por la avaricia del poder.
También, continuó hablando María, me he desempeñado en el área de la salud, protegiendo y cuidando a los integrantes de mi empresa, velando por su pronta recuperación. Acompañé todos los procesos creativos de la empresa. Me desempeñé durante muchos años como consultora, asesorando en los cambios importantes de los integrantes, incluyendo dos radicaciones en el exterior, una en Estados Unidos y otra en Italia, tengo dos sedes importantísimas en esas regiones que se están ampliando y estableciendo sus bases.
He aportado todo mi esfuerzo para cooperar con el Producto Bruto Interno y la Balanza Comercial de nuestro maravilloso país. Me capacité en muchas áreas, como en la implementación de las nuevas tecnologías para no quedar fuera del mercado ni de la sociedad. He actuado como mediadora de todos los conflictos internos que tuvimos que sortear, he acompañado el crecimiento de las distintas áreas, sus logros y fundamentalmente los fracasos de los integrantes de mi empresa, aporté mi experiencia de vida para convertirme en coach de todos aquellos que lo requerían. Adapté el patrimonio, los ingresos y egresos a todas las crisis económicas que nos han tocado vivir.
He sido la gran artífice del crecimiento patrimonial de la empresa, junto, claro está a mi socio. Hoy me encuentro aportando, a las generaciones nuevas, todo mi Know How. Y también, he hecho trabajos menores.
La sala permanecía muda e hipnotizada escuchando el relato de María, hasta que alguien rompió el encanto con un aplauso emotivo.
Al bajar del estrado, sus colegas iban felicitándola. Alejandro, el abogado, quedó tan sorprendido como intrigado y al pasar María a su lado, él le preguntó:
-Qué vida tan interesante pero no nos has dicho cuál es esa empresa y cuál es tu profesión.
-Ah, bueno, es que mi profesión es la peor paga del mundo y la más desvalorizada y humillada, es la más desacreditada, odiada y desprestigiada. Es una profesión silenciosa e invisible que nadie respeta.
-Pero, ¿Cuál es esa profesión?
-Ama de casa. 

jueves, 22 de marzo de 2012

Etapas de la vida

Envejecer no es malo, es un derecho que vamos adquiriendo a medida que crecemos.  Veo tanta obsesión por la belleza eterna, por la perfección humana, que llega a ser peligroso para la salud misma. Un claro ejemplo es Angelina Jolie, dicen que pesa cuarenta y cuatro kilos, pero mide 1,75mts., por favor es un cadáver caminando, si yo a penas robo el metro setenta y sólamente mi culo pesa 44 kilos.
Todas las etapas de la vida son magníficas, solo que de un tiempo a esta parte, en mi humilde opinión, se ha sobrevaluado la juventud, si bien es hermosa, no es la mas importante o la única en importancia a lo largo de toda la vida, acaso no nos acordamos cuando éramos adolescentes, todos esos conflictos por los que pasamos, las dudas, miles de preguntas y cuando entramos a la madurez, llegando a los veinticinco años toda la incertidumbre que aun llevábamos con nosotros, si habías terminado una carrera universitaria, eras el mismo pichón asustado que al salir del secundario, algunos sin experiencia laboral y entrando por primera vez a una entrevista de trabajo, si ya habías trabajado desde el fin de la secundaria, te creías invencible, pero solo eras el pinche que llevaba papeles de un lado a otro de una empresa. Y si no tenías aun una carrera, mas incertidumbre había en nuestras vidas, porque se nos decía que estábamos llegando tarde. ¿A dónde? es mi pregunta. En mi época, y no soy tan mayor, tenías que llegar a "ser alguien" a los treinta, hoy veo que a los adolescentes se les acortó ese lapso de tiempo, hoy deben ser "ese alguien" a los veinticuatro años, se comparan todo el tiempo con la vida de un futbolista, que a esa edad ya están hechos económicamente, entonces me respondo a la pregunta del ser alguien, solo pasa por tener dinero. No estaba contemplado el sentirse orgulloso de uno mismo, de sus logros, por pequeños que sean, no estaba contemplado el vivir de lo que a uno le guste, seas jugador de fútbol o bibliotecario, seas poeta o científico. Con los años, precisamente con la experiencia de ir viviendo, aprendí que no todo lo que me muestran es verdad, no creo en la felicidad las veinticuatro horas del día y no creo que una persona por el solo hecho de tener su cuenta bancaria con muchos ceros, tenga asegurada la eterna felicidad, quizá, ni siquiera sepa ser feliz. Aprendí también, con los años y el aplomo de la madurez, que si uno hace lo que realmente le gusta puede ser brillante, que la inteligencia de una persona no se mide por el IQ, se mide por hacer lo que amamos y disfrutarlo. Ejemplos de esto hay miles, seguramente si pondríamos a Messi a trabajar de productor de seguros sería el peor de todos, él ama lo que hace, su amor por la pelota es fantástico y por eso es el número uno, okey su cabeza solo tiene que estar centrada en el fútbol, no debe saber ni cuando se le vence la luz, ni cuanto sale un boleto de colectivo, pero eso no tiene nada que ver, es como si le echáramos la culpa de que es rico, no seremos un poco envidiosos, no será que no perdonamos el éxito ajeno. Otro deportista que me genera admiración y que descubrí hace apenas unos meses en un reportaje de Pura Química, es el boxeador Sergio Martínez, apodado "Maravilla", su historia es lo que me genera admiración, su entrenamiento, su disciplina, su trabajo, su esfuerzo por lograr "ser alguien", y justamente él siempre aclara que comenzó tarde, lo hizo a los veinte años y se convirtió en  profesional a los veintitres, hoy tiene treinta y siete y sigue peleando y buscando su objetivo, de ahí no se aleja. Pero para llegar hasta donde hoy está, tuvo que transitar un camino lleno de piedras y desazón, y hoy logra su reconocimiento. Dos ejemplos bien claros de "llegar a ser alguien" en diferentes etapas de la vida. Vivimos tan acelerados y tan acomplejados por la juventud eterna, como si la vida se nos terminaría en la primer arruga. Hoy en día, parece ser que belleza y juventud están ligados al éxito. Los íconos de belleza como Jolie,  Loren, Madonna a que precio la pagan, pesar 44 kilos, eliminaron de su alimentación carne, bebidas, dulces, no toman sol, no se acuestan mas de las 21hs, para descansar correctamente, no beben alcohol, no comen una caloría mas de lo permitido, toman proteinas, se someten a cirugías peligrosas, de verdad estaríamos dispuestas a renunciar a una pizza, unos buenos mates con factura de vez en cuando para consolar a una amiga en problemas. Yo tengo algún kilo por acá, y otra arruga por allá, unos lunares peligrosos por haber sido una irresponsable tomando sol, arrastro algunas lesiones, pero no me arrepiento de nada porque todo lo he vivido con intensidad, dormí bajo miles de cielos soleados y bailé todo lo que he podido, comí los dulces que se me antojaron en compañía de las mejores amigas, y como dice en una charla TED la escritora Isabel Allende, sobre la pasión y la belleza, si me darían a elegir claro que me gustaría tener la belleza de Sofía Loren, pero preferiría tener el corazón de mujeres valientes como Wangari Maathai o Jenny Mapendo, que enfrentan su destino con pasión.